La historia comenzó en 2005, cuando una joven de 14 años acusó a Jeffrey Epstein de abusos sexuales. El financiero, habitual de los círculos del poder y las fortunas, fue acusado por la fiscalía de Florida de múltiples delitos, pero un gran jurado apenas lo imputó por solicitar prostitución. Tres años más tarde, Epstein se declaró culpable de ese cargo estatal y de solicitar sexo a una menor; gracias a un acuerdo secreto con la Fiscalía federal eludió cargos más graves y cumplió 18 meses de cárcel, la mayoría en un programa de salidas laborales que le permitía ir a su oficina de día y regresar de noche. Al salir en 2009, muchas víctimas continuaron batallando para anular ese pacto de inmunidad.
La prensa nacional enterró la historia hasta que, en 2018, el Miami Herald desenterró detalles de la negociación y señaló al entonces secretario de Trabajo de Donald Trump, Alexander Acosta, como artífice del acuerdo. La opinión pública se indignó y el 6 de julio de 2019 el caso revivió cuando la fiscalía de Nueva York arrestó de nuevo a Epstein por tráfico sexual de menores. Menos de seis semanas después, el multimillonario apareció muerto en su celda; la autopsia concluyó que se trató de un suicidio, aunque las teorías de conspiración no dejaron de crecer.
Tras su muerte, los reflectores apuntaron a Ghislaine Maxwell, socia y expareja de Epstein. En julio de 2020 fue acusada de reclutar menores para ser abusadas, un jurado la declaró culpable en diciembre de 2021 y en junio de 2022 recibió una sentencia de 20 años de prisión. Mientras los detalles del entramado salían a la luz, otro personaje empezaba a entrar a escena: Donald Trump.
Los inicios de una relación incómoda
Trump y Epstein se conocieron en los años ochenta, cuando ambos se movían en el mismo círculo de magnates. En 2002, el entonces empresario confesó a New York Magazine que llevaba quince años tratándolo y lo calificó como “un tipo excelente” al que, según su propia frase, le gustaban las mujeres hermosas “algo más jóvenes”. La amistad era evidente: se les vio juntos en un evento con animadoras en Mar‑a‑Lago en 1992 y en una fiesta de Victoria’s Secret en 1997. Registros de vuelo mostrados en el juicio a Maxwell revelan que Trump viajó en los aviones privados de Epstein al menos siete veces entre 1993 y 1997, entre Palm Beach, Nueva York y hasta Washington D.C.
Sin embargo, en 2004 surgió una fractura cuando ambos pujaron por la mansión Maison de l’Amitié en Palm Beach. Trump ganó la subasta, vendió luego el inmueble con ganancias millonarias y la relación con Epstein se enfrió para siempre. Desde entonces casi no se les vio juntos. Tras la segunda detención de Epstein en 2019, un periodista recordó a Trump aquella frase de 2002. El presidente respondió que nunca había sido un “fan” y que hacía quince años no hablaba con él.
Secretos judiciales y presión política
Durante la campaña de 2024, Trump prometió revelar los “Epstein files” —un cúmulo de documentos y pruebas recopilados por el gobierno durante las investigaciones—. Sin embargo, ya en la Casa Blanca, esa promesa ha quedado en el aire. Un reportaje posterior reveló que el Departamento de Justicia alberga más de 300 gigabytes de datos: registros de vuelos, videos y fotografías de víctimas. El DOJ advirtió que muchos de esos archivos están protegidos por órdenes judiciales y que su difusión podría revictimizar a las jóvenes, por lo que descartó la existencia de una “lista de clientes” o pruebas de chantajes. La periodista Julie K Brown, quien impulsó las investigaciones originales, calificó la supuesta lista como un “engaño de internet”.
La aclaración no apaciguó a los sectores más fervorosos del trumpismo. Creyentes de teorías de conspiración presionaron para hacer públicos los archivos y acusaron al gobierno de esconder información. En julio de 2025, una subcomisión del Congreso —controlada por republicanos pero con apoyo demócrata— votó por citar al Departamento de Justicia para que entregara los documentos íntegros y a Maxwell para que declarara desde la cárcel. Era un desafío inusual a un presidente de su mismo partido.
El huracán de 2025
La tormenta política se intensificó el 24 de julio cuando The Wall Street Journal informó que el Departamento de Justicia había notificado a Trump que su nombre aparecía varias veces en esos archivos. La noticia generó especulación inmediata: el hecho de estar citado no implicaba delito, pero alimentó sospechas. Al mismo tiempo, Elon Musk, antiguo aliado de Trump, publicó —y luego borró— un mensaje insinuando que el nombre del presidente en los archivos era la razón del secretismo.
La Casa Blanca calificó de “noticia falsa” cualquier insinuación de conexión. Sin embargo, un portavoz reconoció que el nombre de Trump figura en la documentación, junto al de otros políticos y empresarios. El presidente ha reaccionado con molestia: regañó a reporteros en la Casa Blanca que lo interrogaban por el tema, insistió en que no sabe nada y pidió centrarse en la economía. Durante un viaje a Escocia el 25 de julio, negó haber sido informado sobre los documentos y dijo que el asunto era “no es gran cosa”.
A pesar de sus esfuerzos por restarle importancia, la presión no disminuye. Legisladores republicanos se han sumado a demócratas para exigir transparencia y una encuesta reciente de Reuters/Ipsos reveló que la mayoría de los estadounidenses sospecha que su administración oculta información. El propio Trump, molesto con los conspiracionistas que antes lo apoyaron, los llamó “débiles” y dijo que no quería su respaldo si seguían insistiendo en el tema.
El escándalo Epstein‑Trump es un relato de fiestas glamurosas, secretos judiciales y ambiciones políticas que se extiende por décadas. En 2025 se ha convertido en una tormenta perfecta que obliga al presidente a navegar entre la lealtad de su base y la exigencia de transparencia. Con la justicia y el Congreso todavía investigando, el desenlace está lejos de escribirse.
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